Editorial illustration for Nicole Junkermann’s essay “The New Inner Space”, exploring artificial intelligence, life sciences, neuroscience and the future of human health technology.

Nicole Junkermann examines how AI and life sciences are reshaping medicine, neuroscience and the future of human identity.

Nicole Junkermann: El nuevo espacio interior

La próxima gran frontera no es el espacio exterior, sino el cuerpo humano

Por Nicole Junkermann, fundadora de NJF Holdings

Del cosmos a la célula

Durante siglos, el progreso se medía por hasta dónde era capaz de llegar la humanidad más allá de sí misma. Desde la Era de los Descubrimientos hasta la carrera espacial, la expansión significaba una vía de escape: la convicción de que ahí fuera nos esperaban mundos completamente nuevos. Pero la frontera más trascendental de este siglo no requiere un cohete. Se encuentra en nuestro interior.

La inteligencia artificial y las ciencias de la vida están convergiendo para crear una nueva cartografía del ser humano. Los modelos de aprendizaje automático ya pueden predecir enfermedades años antes de que aparezcan los síntomas, diseñar moléculas novedosas en cuestión de horas y leer los patrones intermitentes de la actividad cerebral con una precisión que habría parecido inverosímil hace una década. Las herramientas que en su día creamos para cartografiar galaxias se están orientando hacia nuestro interior.

De la reacción a la predicción

El cambio que esto permite es sencillo, aunque asombroso. La medicina está pasando de la reacción a la predicción: de arreglar lo que está roto a evitar que se rompa. Pero ese cambio dependerá menos de la potencia informática bruta que de la inteligencia con la que podamos compartir lo que ya sabemos.

Owkin, en la que NJF fue uno de los primeros inversores, demuestra cómo la colaboración puede ser tan transformadora como la computación. Su modelo de aprendizaje federado permite a hospitales y laboratorios trabajar juntos sin mover nunca los datos de los pacientes. Los algoritmos se desplazan hasta los datos, aprenden de ellos a nivel local y devuelven conclusiones anonimizadas que refuerzan la red en su conjunto. Conocimiento sin renuncia. Progreso sin extracción. Aplicado a gran escala, este tipo de aprendizaje descentralizado podría constituir la columna vertebral de una infraestructura sanitaria basada en la confianza, en lugar de en la acumulación de datos como fin en sí mismo.

Esto es importante porque la alternativa ya es visible. Cuando la agregación de datos se convierte en el objetivo en lugar de en el medio, los descubrimientos se acaparan en lugar de compartirse. El modelo federado es una respuesta estructural a ese problema, no meramente una preferencia ética.

La mente como frontera

Más allá de la biología se encuentra la mente —quizá el último territorio genuinamente resistente a ser cartografiado—. La neurociencia y la informática están empezando a producir lo que se podría llamar un mundo espejo de la cognición humana: aproximaciones digitales de cómo pensamos, sentimos y recordamos. Las interfaces cerebro-ordenador ya están devolviendo el movimiento a pacientes paralizados y el habla a quienes han perdido la voz. No se trata de prototipos. Son realidades clínicas.

Pero a medida que se difumina la línea entre el pensamiento y la tecnología, surge un nuevo terreno ético. El cerebro, que en su día fue el último santuario de la privacidad, se está volviendo parcialmente transparente para las máquinas. ¿Qué ocurre cuando los datos pueden revelar la intención antes de la acción? ¿Cuando el estado emocional puede cuantificarse y venderse? Las mismas herramientas que devuelven el habla podrían, en otras manos, utilizarse para leerla antes de que se pronuncie.

El riesgo de tratar al ser humano como un recurso

A medida que cartografiamos la biología y la cognición, crece la tentación de tratar al ser humano como materia prima. El genoma y el conectoma —los diagramas completos de las conexiones del cuerpo y el cerebro— corren el riesgo de convertirse en mercancías. Si el siglo XX se definió por la extracción de recursos naturales, el XXI podría definirse por la extracción de los recursos humanos.

Quien controle esos datos determinará quién se beneficia de la próxima revolución científica. Sin barreras de protección estructurales, la propiedad de nuestra información más íntima pasará de los individuos a las instituciones. No se trata de un riesgo hipotético. Ya es la tendencia en los mercados donde la regulación de los datos se ha quedado rezagada respecto a la capacidad de gestión de los mismos.

Hacia dónde se dirige el capital

Los inversores se encuentran en la línea divisoria moral de esta transformación. El capital siempre ha determinado qué descubrimientos prosperan y qué valores codifican. Esa no es una responsabilidad que pueda delegarse en la regulación a posteriori.

Los argumentos a favor de respaldar a empresas como Owkin no son meramente éticos. Las arquitecturas federadas son más duraderas precisamente porque no acumulan los riesgos sistémicos que conllevan los lagos de datos centralizados: exposición regulatoria, puntos únicos de fallo, la lenta erosión de la confianza institucional. La ciencia que comparte el conocimiento en lugar de acapararlo tiende, con el tiempo, a producir mejor ciencia. Esa es una tesis de inversión, no solo una declaración de valores.

Las empresas de ciencias de la vida más valiosas de la próxima década no serán solo aquellas que puedan curar enfermedades. Serán aquellas que puedan hacerlo manteniendo al paciente, y no a la plataforma, en el centro de la transacción.

Lo que sigue sin poder cartografiarse

Cuanto más profundizan los científicos, más persiste un misterio: la propia conciencia.

 

Aunque los algoritmos imitan la percepción y el razonamiento con cada vez mayor fidelidad, no pueden replicar la conciencia —esa cualidad que da al pensamiento su significado, más allá de su mera estructura—. Esa brecha puede reducirse. O quizá no. Pero la exploración del espacio interior nos sigue llevando de vuelta a ella.

La IA puede modelar la arquitectura de la mente. Lo que no puede explicar es por qué esa arquitectura produce la experiencia de estar vivo —la parte que hace que los datos merezcan la pena en primer lugar—.

Un descubrimiento con límites

La búsqueda para comprendernos a nosotros mismos es el viaje más ambicioso emprendido hasta la fecha —medido no en millas, sino en moléculas y recuerdos—. Exige el mismo valor que en su día envió cohetes a la órbita, y requerirá un conjunto más claro de compromisos éticos que el que la revolución digital logró articular antes de que se produjeran los daños.

La frontera es real. También lo es el riesgo de que la cartografiemos al servicio de la explotación en lugar de la comprensión. La cuestión no es si explorar o no. Es quién será el propietario del mapa.

Acerca de Nicole Junkermann

Nicole Junkermann es una inversora internacional especializada en tecnología, deportes y medios de comunicación. Dirige NJF Holdings, un grupo de inversión global, y su plataforma deportiva Gameday by NJF Holdings, que invierte en ligas deportivas, derechos de retransmisión y estrategias tecnológicas para la participación de los aficionados. Su trabajo en el sector se centra en la creación de infraestructuras deportivas a largo plazo y en la expansión del alcance comercial y global de las ligas profesionales.

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